La Fraternidad

La Fraternidad

La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice lo siguiente en su Preámbulo:

“Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”…

Así pues, los 30 Artículos de la Declaración tienen su piedra fundacional en este sencillo concepto: todos somos miembros de la misma familia, la humana, y por ello tenemos los mismos derechos y la misma dignidad intrínseca. O sea, que somos iguales e hijos del mismo padre y la misma madre, lo que se llama: hermanos (fratría, frater en griego y en latín).

Esta fraternidad es un hecho natural, es una cuestión de sangre, no elegimos a nuestros hermanos, simplemente están ahí. Lo que hemos de decidir, en la familia de cada uno y también en la del género humano es: ¿qué hacemos con ellos? ¿Qué relación queremos establecer, cómo queremos tratarles, cómo queremos ser tratados, a qué aspiramos en relación a ellos? Y ésas preguntas no son fáciles de responder.

Cada uno de nosotros somos parte de un todo. Eso es lo que significa la palabra “individuo”, aunque su uso haya derivado hacia un significado totalmente opuesto. Individuo significa, etimológicamente, no diviso, no dividido, parte de un todo. Cada individuo es parte de esa familia humana que no ha elegido y a la que, sin embargo, no puede renunciar, a la que pertenece por nacimiento, con todo el potencial de desarrollo que ello implica, de posibilidad de crecimiento y acción hacia la luz… o hacia la sombra. Todo lo que cada uno de nosotros ha venido a hacer en esta vida tendrá que hacerlo en compañía de sus hermanos: el hombre es un ser social, y eso significa que no estará solo, que será junto con, en frente a, a pesar de, gracias a, por y para los demás que se irá construyendo a si mismo en la medida en que construye su propia realidad y contribuye, así, a la construcción de la sociedad humana.

Es esa labor de construcción la que fundamenta y da sentido a nuestra presencia en el mundo: la construcción de uno mismo mediante el autoconocimiento y la rectificación, y así, la cooperación eficaz en la construcción del edificio común, la casa familiar que construímos entre todos los hermanos, hombres y mujeres del mundo, generación tras generación.

Así pues la fraternidad es algo que no elegimos, que nos viene dado y que debemos gestionar. Que todos los hombres y mujeres sean mis hermanos me obliga a muchas cosas. Y no puedo simplemente desaparecer, dejarles, renegar de ellos… quienes tenéis hermanos de sangre lo sabéis. Constantemente te exigen una respuesta, una actitud, un aprendizaje. Convivir, construir juntos, acompañar, superar, conciliar, ceder… la vivencia de los hermanos implica conciencia y voluntad, un compromiso por el que debemos optar y que nos exige un trabajo diario y constante, sin descanso.

Y digo trabajo en el sentido de dedicación y esfuerzo. La palabra “trabajo” proviene de un instrumento de tortura y se asimila con el sufrimiento y el esfuerzo, pero también comparte raíz con palabras como atreverse, contribuir, acuerdo, vínculo…  y mantiene relación con obrar y laborar. Así, la Fraternidad es uno de los Trabajos que nos hemos autoimpuesto los humanos, simplemente porque lo contrario es el caos. Y como Hércules,  con los 12 Trabajos que tuvo que llevar a cabo como símbolo de la auto realización, lo que necesitamos es Fuerza: no fuerza física, sino la determinación, la disciplina, el empeño, la Fuerza de nuestra voluntad.

Y aún así, no es fácil aceptar a nuestros hermanos, ajustar nuestra personalidad a la suya para hacer posible la convivencia, comprender, perdonar, renunciar, ceder… sin que esas pasiones que también nos definen echen por tierra nuestro trabajo: ambición, celos, envidia, orgullo, codicia, intolerancia, impaciencia, ignorancia, miedo…

Seguramente por eso, porque no es fácil, la Fraternidad es uno de los principios que alumbraron la Revolución Francesa y ha estado siempre en la base de toda filosofía, de toda religión, de todo camino iniciático.

Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Nuestra pertenencia a la familia humana nos viene dada, pero hemos de ganar la Fraternidad a diario, y éste es el pilar fundamental no solo de nuestra vida sino del edificio humano entero.

El ser humano está haciéndose, está construyendo lo que el concepto “humano” quiere decir. Vive en un mundo salvaje regido por unas leyes naturales en las que domina el más fuerte, y se ha propuesto humanizar ese mundo: para ello ha inventado (del verbo latino invenies, que no significa crear, sino encontrar) conceptos como la justicia, la igualdad, la tolerancia, el respeto, la ley… el ser humano está humanizando el mundo en el que vive a medida que también se humaniza a si mismo, mientras construye ese concepto. Por eso pienso que la Fraternidad está en la base de todo ese edificio, el concepto y la necesidad de Fraternidad, porque es lo que le da sentido a toda la construcción, le da solidez y permanencia.

Y el de Fraternidad también es otro concepto en construcción!!  Estamos construyéndolo a base de aciertos y fracasos, pero nos equivocamos si pensamos que la Fraternidad nos viene dada porque simplemente, somos hermanos. Ese “somos hermanos” es el principio a partir del cuál ir construyendo nuestra convivencia, con la idea clara y consciente de que compartimos el mismo destino… queramos o no.

La Fraternidad se sustenta en el amor, otro concepto del que hacemos uso irrespetuosamente, partiéndolo y disgregándolo, como si fuesen posibles muchos amores distintos. El amor, como la verdad, se basta a si mismo y es bastante inútil hablar de él, porque solo tiene sentido si se practica. El amor nos remite a ese origen de consanguinidad del que hablábamos puesto que proviene de la raíz “amma”, que significa mamá. El sufijo –or, unido a la raíz “amma”, da una idea de efecto o resultado, como en calor, dolor, fervor…  el amor es el resultado de algo, que sin duda tiene que ver con nuestra capacidad de comprensión y acción. Así pues tampoco el amor es algo que nos venga dado o que encontremos sin esfuerzo, trabajo y dedicación.

En la infancia aprendemos el valor de la libertad, de la autonomía personal, a partir de la toma de conciencia de uno mismo, y lo vamos perfeccionando a medida que crecemos. En la adolescencia reforzamos esa autonomía a la vez que conocemos el mundo y reconocemos a los demás, nos implicamos, nos comprometemos, elegimos a las personas con las que queremos estar. En la madurez es cuando realmente deberíamos poder colocar en su lugar a la libertad y a la igualdad, darles ese sentido social y político que deben tener, huir del ensimismamiento para trabajar a fondo la tercera pata del edificio humano: el amor fraternal.

Ese amor fraternal es muy parecido a lo que en Oriente se llama compasión (otra palabra maltratada por nosotros) y está muy cercano a la empatía, que es el mismo sentimiento pero pasado por el tamiz de la Psicología, y viene del griego “empátheia”, formada con la misma raíz que compasión.

Compasión es una gran palabra. En solo tres sílabas encierra un mundo. Su raíz procede del verbo latino “pati, patior”, que significa pasión, padecer, sufrir e indica  un estado pasivo. Pero completada esa raíz por el prefijo con- y el sufijo –ción, esa pasividad se convierte en acción: el prefijo con- significa convergencia, reunión… el sufijo –ción significa acción y efecto. Compasión, por lo tanto, significa converger, acercarnos, tocar al otro, unirnos a él y sentir como propio su sufrimiento, y además, actuar para aliviarlo. El libro tibetano de la vida y de la muerte dice de la compasión: “No es solamente una sensación de lástima o interés por la persona que sufre, ni es solamente un afecto sincero hacia la persona que tenemos delante, ni sólo un claro reconocimiento de sus necesidades y su dolor; es también la determinación sostenida y práctica de hacer todo lo que sea posible y necesario para contribuir a aliviar su sufrimiento”.  Porque la compasión nace del amor, igual que la Fraternidad, y consiste como ésta en tener la capacidad de ponernos en el lugar del otro. .. y no para quedarnos allí contemplando, sino para actuar, para trabajar en beneficio del otro. Porque el amor y todos sus derivados exigen compromiso y acción.

Me gusta el sentido que tienen para Miguel de Unamuno este amor del que hablamos: para él es agapé, o sea, donación, darse a los otros. A esa acción que el amor exige Unamuno la llama donación, un servicio por amor a los demás que él relaciona con el oficio (Officium, obligación, deber) de cada cual y que también puede referirse al lugar, al sitio, que cada uno ocupa en la vida y que podríamos plantearnos con el objetivo de dar, de servir: servir al aprendizaje, al funcionamiento de la sociedad, a la construcción cada vez más perfecta del edificio común. Darse a los demás de forma activa, incluso provocadora, sin miedo.

Dice Erich Fromm (“El arte de amar”) que “amar es comprometerse sin garantías, darse totalmente con la esperanza de que nuestro amor producirá amor en la persona amada”. Esto es válido para toda clase de amor, por supuesto, no solo para el amor romántico, porque en efecto, amar es darse y confiar. Y añade: “El amor es un acto de fe, y quien tiene poca fe tiene poco amor”. Ése es para mí, el planteamiento correcto de la Fraternidad, nuestra gran prueba: dar y confiar sin esperar nada a cambio. Qué difícil, ¿eh?

Y sin embargo es a eso a lo que se refería Francisco de Asís llamando “hermano” al lobo… el reconocimiento no solo de la familia humana, sino yendo más allá, de la familia de los vivos, de la vida única e indivisble. La Fraternidad puede ir más allá del ideal humanista de bondad y no tiene límites.

Fraternidad

Por eso también prefiero la traducción no ordinaria de Filosofía, la que apunta Raimon Arola siguiendo a otros autores y que devuelve a la palabra su sentido de “búsqueda que lleva a cabo la conciencia del hombre a fin de reunirse con aquello que le falta”. Así, Filosofía no sería tanto el sabido “amor a la sabiduría”, como “la sabiduría del amor”, puesto que el genitivo es colocado en primer lugar en este tipo de construcciones verbales, dice Arola, como en geo-metría, teo-logía, astro-logía y muchas otras.

El amor es el arte de la vida, en realidad, el único conocimiento que necesitamos tener y aplicar. La sabiduría del amor, dice Arola, “es el orden secreto que sostiene el universo, donde los elementos se combinan y se transmutan para crear y descrear: morir, sembrar, regar, crecer, florecer y fructificar”. Por eso San Agustín dijo eso de “Ama y haz lo que quieres”, que no es lo mismo que “lo que quieras”. Y así se cumple también que todas las grandes verdades se esconden bajo principios muy simples.

Decimos que vivimos y queremos vivir en una democracia, un sistema político basado en la libertad, la igualdad, la justicia… donde defendemos la libertad absoluta de pensamiento y la libertad absoluta de conciencia. Un sistema en el que mandan los ciudadanos porque son libres.  Si son libres son iguales en derechos y deberes, y si son iguales y son libres, la Fraternidad es el ámbito que debe definir sus relaciones y su convivencia.

Si nos comprometemos a trabajar para ser mejores seres humanos estaremos ayudando a que todo el edificio sea más sólido y perfecto. Debería ser nuestro objetivo aprender el uso del silencio y de la palabra; aprender a escuchar; aprender no a debatir o discutir, sino a reflexionar, a sumar, a compartir; aprender a trabajar en grupo, a confiar en los demás; aprender a aceptar a cada uno según sus cualidades y a primar los aspectos de la personalidad del otro que generan, que aportan, que construyen; aprender a aceptar puntos de vista diferentes y a no tener miedo de la discrepancia, porque lo que nos une es más grande y mejor; aprender a ser generosos y humildes, a renunciar a ser el centro del mundo… Comprometernos a todo ello implica también renunciar a todo aquello que pueda entorpecer nuestro tabajo en pos de la unidad y el progreso: prejuicios, opiniones, ideologías, creencias, supersticiones, deseos que puedan entorpecer, debilitar o destruir nuestra obra conjunta porque sean fuente de enfrentamientos. ¿Qué otro sentimiento sino la Fraternidad podría definir esas relaciones y hacer posible ese aprendizaje de todos y para todos?

Está claro, para mí, que si falla la Fraternidad dentro de una sociedad falla todo lo demás. No estamos en este mundo, pienso, para dar rienda suelta a nuestros impulsos, para vivir a golpe de deseo, ajenos a todo lo que ocurra más allá de nuestro ámbito y con las únicas obligaciones de nuestra vida “material” (trabajo, casa, hijos, familia…). Pienso que podemos y debemos dar algo más, comprometernos con el mundo y con nosotros mismos, aprender a ser mejores seres humanos para convertirnos en filósofos y realizar la sabiduría suprema del amor. Qué triste que palabras tan elevadas lleguen a sonar cursis y gastadas a nuestros oídos. El conocimiento, la ansiada sabiduría que han buscado tantas generaciones de seres humanos y que podría garantizar un porvenir mejor para todos, quizá se consiga siempre que las dos premisas principales se tengan claras y no cojeen: Fraternidad y Trabajo. Así nos construímos como seres humanos: atreviéndonos a amar fraternalmente y atreviéndonos a trabajar. Lo demás viene solo. Y lo que no es lo uno ni lo otro pertenece simplemente a la tercera vía y por lo tanto, es trivial.

Es preciso demostrar que, como dice José Antonio Marina, el hombre puede super/vivir, vivir por encima de una realidad que le condiciona y que puede ser superada gracias a una serie de principios éticos que aprehende a través del simbolismo, de la tradición filosófica y la lectura, de adentrarse en si mismo sin miedo y luchar por conocerse y rectificarse. Esta posibilidad de superación debe expandirse de nuestro círculo íntimo a la sociedad, a la república,  entendida como “cosa pública” -la que es de todos y construímos entre todos-, como forma de convivencia y cooperación, como forma de organización social y política.

Al hombre no le basta con conocer, necesita actuar, incidir, instaurar, construir posibilidades que irá corroborando o rechazando, puesto que la suya es una inteligencia creadora. Mientras trabaja, recoge y da, se construye y contruye, ora y labora, crea y recrea símbolos y los transmuta en principios éticos.

La Fraternidad, el amor fraternal, la empatía, la compasión, es lo que hace todo eso posible, es lo que ordena el caos y lo transforma en algo productivo y regenerador que evoluciona hacia ese ideal de construir algo humano más perfecto que el hombre y que ha de ser nuestro destino común: una sociedad no solo humana, sino humanizada, que dignifique nuestra presencia en el mundo y lo mejore.

Y para terminar, una frase de don Miguel de Unamuno: “El que no aspire a lo imposible, apenas hará nada hacedero que valga la pena”.

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